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Wilfrido Vargas regresó a Barranquilla

Wilfrido Vargas regresó a Barranquilla

Fuente: El Tiempo, Colombia. Por: Carlos Polo

Tengo un jardín de rosas / hermosas / son todas para ti / tengo un jardín de rosas hermosas / son todas para ti…

Sobre nuestras cabezas, un bombillo pintado de color rojo le regalaba a la estancia un ambiente de intimidad. O, por lo menos, eso era lo que perseguían los organizadores de la verbenita Las Palmas. Al otro lado de la pista estaba Anita, en minifalda, enseñando las mejores piernas del barrio. Su risa coqueta iluminaba cada rincón de la pequeña sala devenida en bailadero para la época de carnaval.

Tengo claveles / claveles / tengo violetas / violetas / tengo pompones / pompones / también miosotis / miosotis…

Atacaba todo el sabor de Wilfrido Vargas los bafles del Koreanito, el pequeño picó que amenizaba la fiesta. La wilfridomanía se había tomado por asalto las emisoras y todos los sistemas de sonido de los hogares de Colombia y buena parte del Caribe.

Anita me soltó una risa teledirigida. Yo la conocía del colegio y de las tardes de básquet en el parque. Ella era más grande que yo, y “yo no bailo”. Era más grande que yo, “y yo no bailo”.

Yo las cultivé / porque un día te quiero ver a ti y te entregaré en mis flores todo mi amor por ti / te veré caer en mis brazos loca de amor por mí…

Envalentonado, luego de un ataque sistemático y cruel de los pelaos de la cuadra, atravesé la pista con paso tambaleante: “Era más alta que yo, y yo no bailo”. Anita, rodeada de chayanes de barriada que ya tenían bigote y pelos en los sobacos, me recibió con una mirada de infinita ternura. Su risa era como de almanaque. Mientras, ese ‘jardinero’ y genio musical del momento nacido en Altamira (República Dominicana) mantenía las revoluciones de nuestras hormonas a mil. Ese merengue acelerado estaba revolucionando la música tropical. En otros tiempos quedaba la suave cadencia acompasada y aliñada de acordeones de un merengue más típico, como el de Ángel Viloria o Johnny Ventura.

Wilfrido Vargas nació el 24 de abril de 1949. Es hijo de Ramón Vargas, administrador de correos diestro en el acordeón y la guitarra, y de doña Bienvenida, un ama de casa con talento para el canto y la interpretación de la guitarra y la flauta. Ellos se convirtieron en la fuente primaria de su inspiración, en la génesis que llevaría a aquel niño humilde de Alta Mira a convertirse en máximo monarca del merengue y en la constelación más rutilante del cielo que cobija la isla del Caribe.

“Todo lo que soy es resultado de lo que ellos eran: músicos”, dice el mismo Wilfrido.

En el centro de la pista, mis primeros escarceos de bailarín frustrado solo daban para unos torpes intentos de matar cucarachas. Mis pies eran varillas puntosas, rígidas, y Anita, sin dejar de sonreír, me sobrellevaba con paciencia. De repente, a un genio entrometido se le dio por encender y apagar la vieja bombilla pintarrajeada. Sucedió lo inevitable: mi pie, como una lanza guerrera, como un pequeño yunque, cayó sobre el delicado pie de Anita, y hasta ahí llegaron mis posibilidades. Su rostro contraído lo dijo todo. Y para qué contar la lata, el taller que me esperó una vez volví con la pequeña pandilla que reía a carcajadas de mi trastada.

Soy un rico jardinero / que vive regando flores y escojo la más bonita p’al amor de mis amores…

Wilfrido Vargas fue un niño adelantado. A los 6 años descubrió el llamado de la música y a los 10 inició sus estudios en la Academia Musical de su ciudad. Dos años después ya era trompeta de una agrupación local.

“Sabía que el saxofón alto y el tenor estaban desempatados, no encajaban en la pieza musical que interpretaban en la banda de Altamira, y se lo dije a mi mamá. Ella me dijo: ‘Mira, muchacho, tú no sabes de eso’. Wilfrido recuerda aquellos duros inicios, cuando apenas era un muchacho que soñaba con alcanzar algún día esos niveles estratosféricos a los que llegaron genios como Louis Armstrong, Miles Davis, Dizzy Gillespie o Wynton Marsalis. Por otro lado, estaban Chico Buarque o Caetano Veloso. El jazz y la bossa nova fueron sus primeros amores y, con el tiempo, esas influencias potenciaron una propuesta totalmente novedosa que terminó en revolución musical.

Son muchos los temas que Wilfrido Vargas, a lo largo de su trayectoria musical, ha convertido en clásicos inmortales de la música bailable y tropical: Abusadora, El hombre divertido, El loco y la Luna, Volveré, El africano, por nombrar algunos de los más representativos. Pero solo hay uno que el ‘rey del merengue’ considera que le abrió las puertas definitivas de la gloria musical: Las avispas.



“Es una composición de mi papá, donde me dio permiso para hacer todas las travesuras que hasta entonces no formaban parte del código natural del merengue como género. Hice todo lo que me dio la gana en una música que tiene sus reglas. Por lo que se pudo ver al Wilfrido Vargas como irreverente ante el folclor de la República Dominicana”, cuenta el músico que hoy es considerado uno de los más innovadores, no solo del género que representa a su tierra, sino de todo el espectro de la música del Caribe y el mundo entero.

El merengue hip hop. La fiesta estaba en pleno furor, hacía un par de años que había superado el nivel amateur en el bembé juvenil del bailoteo y el arte sutil de brillar hebilla. Aún no tengo idea de por qué le decían la venezolana, pero todos en el barrio estaban pendiente de la niña bonita de cabello azabache que tenía al lado. Justo en ese momento, El jardinero alcanzaba ese extraño momento en que el merengue se mezcló por primera vez con el rap, un extraño híbrido que luego se repetiría en otros géneros, tal como lo hizo la banda Aerosmith cuando, en 1986, regrabó la canción Walk This Way junto a los raperos Run DMC. Recuerdo que Eddie Herrera, por ese entonces uno de los cantantes de la nómina de Wilfrido, soltaba su andanada en inglés. Y este pecho, dizque para impresionar a la venezolana, que en realidad era una niña criada en Palm Beach, empezó a regurgitar en el más maltrecho y patético ‘wachu wachu’, lo que Herrera rezaba en medio de la canción: ‘aindan bran wachu bech’. Recuerdo que la niña me miró como quien mira a un marciano y volteó la mirada hacia otro lado.

Para colmo de mis males, al enterarme de que no conseguía la atención de la chica, levanté mucho más la voz, soltando la endemoniada jeringonza: “¡usamiratrae alvol dol val trit!”. La chica volvió a mirarme y, con cara de sorprendida, se llevó la mano derecha hasta los labios como si fuera una especie de muro de contención, que no le sirvió, porque su estrepitosa carcajada aún continúa zumbando en mis oídos.

Wilfrido es un innovador, un avanzado, un músico experimental que removió los cimientos de la música típica de su pueblo. Él mismo asegura que no era egresado del merengue como género, que trataba de interpretarlo como lo concebía. “El resultado, entonces, fue una cosa extraña que pudo haber llamado la atención, precisamente, por esos códigos extraños que no procuré adrede. Sencillamente, no era un merenguero. Paradójicamente, esto pudo haber llamado la atención en términos armónicos, melódicos, líricos y estructurales. Todo era como al revés”, asegura el trompetista, arreglista, intérprete y director de orquesta que le dio un vuelco a la manera de hacer y concebir un género, lo que le ha ganado miles de admiradores en todo el globo, pero a la vez detractores que no conciben el cambio.

“Para unos era un delito, porque se alegaba que estaba dañando la música dominicana, y para otros fue una expresión joven y refrescante del género. Yo diría que los seguidores superaron a los detractores”. Para muchos, Wilfrido no es más que el decano de una universidad universal, la de la música. Y no son pocos los nombres de intérpretes que iniciaron sus exitosas carreras en las filas del rey. Mickey Taveras, Eddy Herrera, Jorge Gómez, Belkis Concepción –quien estuvo al frente de Las Chicas del Can–.

“Apoyé a Jorge Gómez, que fue el cantante de El jardinero. Lo mismo a Eddy Herrera, que hizo el rap en esa misma canción, y lo mismo con todos los cantantes que han desfilado por mi orquesta. Todo era ilusión y el enamoramiento que penetraba en mi corazón cuando un talento tenía esas condiciones. Luego fue que le di carácter comercial a esto, y se formó la Corporación Wilfrido Vargas”.

El ‘rey del merengue’ fue una de las estrellas especiales invitadas al XII Carnaval Internacional de las Artes. El viernes en la noche se presentó ante miles de fanáticos en el Parque Cultural del Caribe, en Barranquilla. De Colombia, lugar que llama su segundo hogar, atesora gratos recuerdos y una conexión que es imposible de romper. De Barranquilla… sobre eso es mejor que lo diga él mismo.

“Cuando me di cuenta de que Rafael Orozco y Diomedes Díaz se sabían mis canciones más que yo y me trataron como hermano, yo dije: ‘Llegué a mi casa’. Yo no sabía lo que era Wilfrido Vargas. Vine a entender un poquito cuando todo mundo cantaba mis canciones y a conocer realmente cuando cada Congo de Oro era mío, sin importar rival alguno que estuviera en el coliseo Humberto Perea. Allí entendí que Barranquilla había inventado a Wilfrido Vargas, porque digo de corazón que no era para tanto”.

Wilfrido Vargas, en resumen, podríamos decir, tal como él mismo lo asegura, que es un invento del Carnaval de Barranquilla, que es la banda sonora de la película de más de una generación, que es el artífice o, por lo menos, el celestino de enamoramientos, de barrigas, bautizos y rumbas eternas. En mi caso, después de los desencuentros de mi infancia y de mi adolescencia, puedo decir que bailando una de sus eternas canciones, bajo la luz de la luna, este loco encontró aquellos ojos que justifican mi permanencia en este mundo.



Fuente: El Heraldo, Colombia. Por: Estefanía Fajardo de la Espriella

El merenguero conversó con Roberto Pombo, director de El Tiempo acerca de su origen, su música y contagió a todos los asistentes con su ritmo y carisma.

“Es un hombre divertido”, con ese canto y aplausos en la plaza del Parque Cultural del Caribe empezó el conversatorio con Wilfrido Vargas.

“A mi la música se me hizo fácil desde el principio, yo no sé porqué. Yo entendía todas las notas que estaban contenidas en cualquier melodía a los seis años”, confesó entre risas el dominicano, hijo de padres guitarristas y criado en un hogar donde “no había otra cosa que no fuera la música”.

Él empezó en la Banda Municipal de Música y supo desde su primer contacto con la trompeta que ese sería su futuro. “¿Has visto cómo se desmayan las niñas cuando ven a Justin Bieber?, así mismo yo me desmayaba cuando veía la composición de la trompeta”.

De su canción ‘Abusadora’ contó que el hombre despechado “es capaz de hasta cometer un delito. La palabra abusadora es un poema frente a lo que un hombre despechado le quisiera decir a la mujer”, dijo mientras el público estalló en risas. Posteriormente su orquesta la interpretó y las palmas y el baile no se hicieron esperar.

Habló además de la revolución que le dio al merengue, diciendo que muchas veces sugirieron que debían deportarlo porque no entendía el merengue tradicional. Posterior a ello cantó ‘Palo bonito’ y ‘Comején’ con una orquesta con integrantes barranquilleros los cuales presentó a los asistentes.

Su experiencia con el tema de Calixto Ochoa ‘El Africano’ fue curiosa. Iba en un taxi, la escuchó verso a verso, llamó a su ‘ejército’ de orquesta y “en 18 minutos estaba la canción grabada, en media hora mezclada y en 24 horas ya era un hit internacional con la emisora de Raúl Alarcón”.

“Si a mi me preguntaran por la canción más exitosa yo diría que sí a El jardinero, Comején, Abusadora, El africano, porque todas marcan un hito”, afirmó.

“Le canto a uno y también le canto a otro”, decía el dominicano y el público le respondía “Wilfrido Vargas se queda con nosotros”, una constante interacción bajo el cielo barranquillero.

“El loco y la luna no se llama así”, confesó . “Había una canción cuando tenía 7 años que se llamaba ‘Llanto a la luna’ de José Manuel Calderón. Era una canción sincera e ingenua… Y que preguntándole a la luna si ella me quiere”, relató con gracia.

“Cuando crecí seguí con la admiración, cuando ya Wilfrido Vargas es una institución quiere hacerle un homenaje aje a ese tema”.

Terminó llamándose así por los sonidos que hacía Wilfrido a su orquesta para indicar los momentos de las improvisaciones y que al final terminó dejando el ingeniero de sonido y cambiando todos los planes para que fuera “un loco hablándole a la luna”.

Su romance con Barranquilla empezó luego de un par de viajes. “Todo el mundo sabía quién era Wilfrido Vargas, menos Wilfrido Vargas”.

“Diomedes Díaz, Rafael Orozco, Juancho Rois , todos se se sabían las canciones mías y yo decía que las estrellas eran ellos”.

¿Qué va a pasar después de la música urbana?, se planteó el artista. A lo que respondió “sería como pensar qué va a pasar con la gasolina, con Google o con los taxis… Ya veremos”

La velada terminó con el coro “otra, otra, otra” por parte del público.

Fue inevitable para Wilfrido contar la historia de ‘El baile del perrito’ y el origen de la expresión “por la plata baila el mono” que es social y político y al final terminó en cómico.
Source: radioelsalsero.com

elrincondelamelodia@gmail.com

enero 30th, 2018

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